Les Dômes de Fabédougou. SHUTTERSTOCK

 

El jueves es el día de mercado en Gorom Gorom, un acontecimiento grandioso en torno al que giran las vidas de miles de personas. Punto de encuentro para cerrar intercambios comerciales, se viene celebrando desde hace siglos con una doble función: la económica y la social, ya que, además de a comprar y a vender, aquí se viene a departir con vecinos y forasteros.

Los puestos más sofisticados, los que se sostienen con ramas y están cubiertos de paja, empiezan a levantarse sobre las cinco de la mañana. El resto de comerciantes, los más humildes, se van instalando poco a poco, recién llegados en el mejor medio de transporte que pueden permitirse, ya sea en autobús, en taxi brusse (esas increíbles camionetas en las que siempre hay sitiopara alguien más y para todos sus bártulos), en un carromato tirado por un burro, en camello, en moto, en bicicleta o, si no queda más remedio, andando.

En el caso de las mujeres, lo habitual es que carguen sobre sus cabezas voluminosos paquetes de mercancías haciendo alarde de un equilibrio formidable. Una elegancia al caminar que aprenden desde que son niñas. A media mañana, el mercado bulle de actividad tal y como lo hacía hace cientos de años, con lo que el extranjero se puede recrear todo lo que quiera en esa alucinante sensación de asistir a un espectáculo único.

Los hijos de la selva

No obstante, este es un sentimiento recurrente durante un viaje a Burkina Faso. Por ejemplo, al llegar a cualquier poblado, la sensación se repite cuando se participa en el protocolo de la hospitalidad que desarrollan cualquiera de las 67 etnias que conviven armoniosamente en Burkina.

Cada uno de estos grupos de población tiene numerosas y complejas particularidades y se diferencian más entre sí por sus rasgos culturales que por los físicos. Como los mossi, que son mayoría y tienen una larga tradición guerrera. O los lobi, cuyo nombre significa «hijos de la selva», también con un pasado lleno de heroicidades.

Por el contrario, los guruntsi se distinguen, entre otras cosas, por sus bellísimas casas de adobe pulido, como las de la aldea de Tiebele, todas decoradas con secuencias de dibujos geométricos y enigmáticos relieves que representan símbolos religiosos. Los peul, por su parte, siguen siendo pastores nómadas lo mismo que sus ancestros. Es por eso que el territorio oficial se divide a su vez en los países de las etnias mayoritarias, con lo que este viaje consiste precisamente en recorrerlas y familiarizarse con sus modos de vida y sus creencias.

En este sentido, el «lago de los cocodrilos sagrados» de Bazoule constituye una parada obligada. Los visitantes se acercan a estos animales con cierta tranquilidad ya que sus cuidadores los alimentan a conciencia. Para los mossi, cada cocodrilo representa a un anciano de la aldea y existe un paralelismo entre sus vidas: cuando muere uno se lleva consigo al otro.

La aldea de Tiebele, decorada con dibujos geométricos. SHUTTERSTOCK

 

Lugares mágicos

Al noroeste de Uagadugú, la capital, se encuentra la ciudad de Bobo-Dioulasso, la segunda más grande del país y famosa por su dinamismo musical. Bobo, además, es un cruce de caminos paisajístico, lo que le otorga a Burkina uno de sus principales encantos: al norte, en el área del Sahel, el panorama es árido, reseco y contrasta con los verdes y frondosos bosques de mangos de las cascadas de Tarfiguela. Por el contrario, recuerda a Asia en las zonas del sur, en las que hay agua suficiente para cultivar arroz.

En Burkina hay también algunos monumentos cautivadores como las siete mezquitas de Bani, diseminadas por las colinas que rodean la ciudad y que son obra de su visionario imam. O la de Bobo Dioulasso, un bellísimo ejemplo de arquitectura sudanesa, con vigas de madera que sobresalen de su fachada blanca y que sirven igual de andamio para realizar las reparaciones necesarias después de la época de lluvias.

Siguiendo hacia el sur camino de Banfora, el pulmón agrícola del país, ya cerca de la frontera con Costa de Marfil, hay un lugar mágico llamado Les Dômes de Fabédougou, donde se encuentran signos de que un día hubo un mar que lo inundaba todo y que modeló las rocas con formas que recuerdan a la arquitectura modernista europea.

Gente hospitalaria

Banfora es también la capital del país senoufo, otra de las etnias destacadas. Tienen una dinastía de 29 reyes cuyas tumbas se pueden visitar en el Santuario de los Reyes Ghan, en Obiré, y también cuentan con sus propios animales sagrados: los hipopótamos del lago de Tengrela. Aunque aquí nadie los alimenta, así que es conveniente guardar las distancias.

Para el camino inverso de vuelta a Uagadugú, el centro económico y cultural con una población que supera el millón y medio de almas, se necesitan algo más de seis horas de coche en lo que es un recorrido apasionante que pasa por otras tantas pequeñas aldeas de casas de adobe y techados de paja en las que el tiempo se detuvo hace mucho. A uno y otro lado de la ventanilla se suceden parajes desérticos en los que la única muestra de vida aparente son los baobabs.

No dude en detenerse donde le llame la atención pues este es un país seguro y amable; perfecto incluso para una primera toma de contacto con el África más remota y desconocida. De ahí que sea muy probable que la experiencia de acercarse a su realidad termine por conquistarle y, cuando el viaje se acerque a su fin, el deseo de regresar o de conocer alguno de los otros países limítrofes sea absolutamente irresistible.

GUÍA PRÁCTICA

Cómo llegar

Air France conecta las principales ciudades españolas con París y desde allí vuela diariamente a Uagadugú, la capital. (ida y vuelta desde 758 euros. Tasas incluidas). Una vez allí, la opción más recomendable es contratar una agencia especializada. Senoufo Tours (Tfno: +226 78 82 82 31) organiza viajes personalizados por Burkina Faso y los países vecinos en 4×4 desde 83 euros/día y persona. Incluye chófer, guía en español y alojamiento en habitación doble con desayuno.

Dónde dormir

Hotel Relax (Tfno: +226 97 22 27 00). Un clásico en el centro de Bobo Dioulasso. En Banfora, el Hotel La Canne a Sucre (Tfno: +226 20 91 01 07) es quizá el alojamiento con más encanto de todo el país.

seryhumano.com / Alicia Arranz

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