{"id":26535,"date":"2017-11-27T08:58:21","date_gmt":"2017-11-27T13:28:21","guid":{"rendered":"https:\/\/seryhumano.com\/web\/?p=26535"},"modified":"2017-11-27T08:58:21","modified_gmt":"2017-11-27T13:28:21","slug":"shenzhen-la-ciudad-china-conquista-mundo-tecnologia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/seryhumano.com\/web\/?p=26535","title":{"rendered":"Shenzhen, la ciudad china que conquista el mundo con su tecnolog\u00eda"},"content":{"rendered":"<p style=\"text-align: center;\"><strong>Hace tres d\u00e9cadas era una villa de pescadores. Hoy es el Silicon Valley de China. Una megaciudad en la que han nacido gigantes como Huawei o Tencent. Joven, ultrarr\u00e1pida, competitiva. Y a la que acuden buscavidas de todo el pa\u00eds, y de medio mundo, a prender la mecha de sus sue\u00f1os electr\u00f3nicos.<\/strong><\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-26536 aligncenter\" src=\"https:\/\/seryhumano.com\/web\/wp-content\/uploads\/2017\/11\/Shenzhen-e1511788633771.jpg\" alt=\"\" width=\"550\" height=\"309\" \/><\/p>\n<p>Un reportaje del periodista <a href=\"https:\/\/twitter.com\/GuillermoAbril\">Guillermo Abril<\/a> para El Pa\u00eds Semanal:<\/p>\n<ol>\n<li><strong><u> La eficiencia es la vida<\/u><\/strong><\/li>\n<\/ol>\n<p>\u201cShenzhen est\u00e1 muy bien\u201d, dice Eric Hu. \u201c<em>Si logras sobrevivir a ella<\/em>\u201d. Habla r\u00e1pido. Piensa r\u00e1pido. Lleva el pelo disparado, camiseta ra\u00edda, deportivas. Mira su m\u00f3vil a menudo, un Huawei, marca china, y con orgullo: \u201c<em>El iPhone<\/em>\u201d, dice, \u201c<em>es una basura<\/em>\u201d. Es de noche a este lado del mundo y conduce su Audi Q5, en cuyo retrovisor bailan dos peluches de Hello Kitty. Quiere mostrar algo en el centro de esta ciudad masiva, s\u00edmbolo del capitalismo asi\u00e1tico, una especie de El Dorado tecnol\u00f3gico donde los reci\u00e9n llegados buscan emular a los fundadores de las grandes compa\u00f1\u00edas del pa\u00eds. Aqu\u00ed han nacido gigantes como Huawei, segundo productor mundial de tel\u00e9fonos inteligentes y l\u00edder en redes de telecomunicaciones, y Tencent, una de las mayores empresas de Internet del planeta, creadora de WeChat, el Whats\u00adApp chino, con 1.000 millones de usuarios. Pero hay otras 8.000 empresas de alta tecnolog\u00eda. El sector aporta un 40% a la econom\u00eda de la ciudad. Y ese PIB es monstruoso: el de Shenzhen se codea con el de Irlanda; el de la regi\u00f3n, conocida como el Delta del R\u00edo de la Perla, que incluye otras ocho urbes de China y las regiones especiales de Hong Kong y Macao, es equiparable al de toda Rusia.<\/p>\n<p>Entre volantazos, Hu va enviando mensajes de voz a trav\u00e9s de WeChat (\u201c<em>WhatsApp es otra basura<\/em>\u201d). Fund\u00f3 hace tres a\u00f1os una start-up de drones resistentes al agua llamada Swellpro. Obras de ingenier\u00eda con ocho patentes propias y una c\u00e1mara 4K para grabar escenas marinas. Se venden por 1.600 euros. La mayor\u00eda acaban en Occidente. Muchos, en manos de gente adinerada con barcos o yates. Pero nacen en una zona polvorienta, a las afueras, donde se sucede el paso de camiones, los obreros jovenc\u00edsimos duermen en pisos junto a las f\u00e1bricas y uno encuentra, caminando por sus callejuelas, todo tipo de negocios de manufacturas tecnol\u00f3gicas. Shenzhen, cuenta, es el mejor lugar para la innovaci\u00f3n. Con una cadena de suministro de componentes electr\u00f3nicos inigualable. \u201c<em>Atrae a gente joven, educada, en\u00e9rgica<\/em>\u201d, dice Hu. \u201c<em>Va a toda velocidad. La competencia es alt\u00edsima<\/em>\u201d. Los rascacielos brillan a trav\u00e9s de la ventanilla. \u201c<em>Este lo levantaron en dos a\u00f1os<\/em>\u201d, se\u00f1ala uno. Cruza una zona de libre comercio reci\u00e9n abierta por el Gobierno. Carriles atascados. Coches caros. Y, al fin, se detiene. Desciende y se\u00f1ala la inscripci\u00f3n en unas piedras. En caracteres chinos se lee la filosof\u00eda que define la ciudad: \u201c<em>El tiempo es dinero. La eficiencia es la vida<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>Hu naci\u00f3 en 1980, a\u00f1o en que Deng Xiaoping convirti\u00f3 Shenzhen en la primera zona econ\u00f3mica especial del pa\u00eds. Una puerta abierta al liberalismo, a la iniciativa privada. Un experimento de la China del futuro. La ciudad era un pueblo de pescadores con 30.000 habitantes. Hoy, el censo oficial ronda los 12 millones; el extraoficial alcanza los 20. Una locomotora a la que llegan cientos de miles de buscavidas al a\u00f1o. Ingenieros hipercualificados, legiones de obreros. No se ve un rostro viejo en la calle. La edad media ronda los 28. En Shenzhen casi nadie es de Shenzhen. \u00c9l creci\u00f3 en una zona rural de la provincia entre gallinas y cultivos de arroz. Estudi\u00f3 ingenier\u00eda, trabaj\u00f3 en una f\u00e1brica de m\u00f3viles de Samsung (en la regi\u00f3n se encuentran muchas de las megaf\u00e1bricas del mundo) y en 2005 se mud\u00f3 a la ciudad a probar fortuna. Puli\u00f3 el ingl\u00e9s vendiendo USB y c\u00e1maras. Luego se lo mont\u00f3 por su cuenta. Su negocio, explica, consiste en \u201c<em>desarrollar productos; no uno barato, sino innovador, alta tecnolog\u00eda<\/em>\u201d. Esboza ideas; sus ingenieros dise\u00f1an y ensamblan hasta dar con un prototipo. Su \u00faltimo invento es un proyector port\u00e1til del tama\u00f1o de un pu\u00f1o. Shenzhen, explica, es el para\u00edso del hardware. Lo f\u00edsico, el artefacto. Con un ecosistema ultraveloz donde el paso de la idea a la producci\u00f3n en serie sucede en un suspiro y casi en la misma manzana. Y mientras sue\u00f1a con dar el gran golpe, recuerda con nostalgia su primer apartamento compartido en un barrio del que hoy no queda m\u00e1s que el templo budista. All\u00ed ahora se yerguen los rascacielos del parque tecnol\u00f3gico, donde hay unas 1.300 empresas; un centenar de ellas cotizando en Bolsa.<\/p>\n<ol start=\"2\">\n<li><strong> <u>El gigante tecnol\u00f3gico<\/u><\/strong><\/li>\n<\/ol>\n<p>Yu Chengdong entra en la sala de juntas sin corbata y seguido por una secretaria con tacones altos y peluche colgado del m\u00f3vil. Saluda en espa\u00f1ol. Habla un ingl\u00e9s rocoso. Es el consejero delegado de una de las tres patas de Huawei, la divisi\u00f3n de tel\u00e9fonos y otros productos de consumo. Suman un tercio de los ingresos de la multinacional, cuya facturaci\u00f3n ronda los 65.000 millones de euros, cuenta con 180.000 empleados en 170 pa\u00edses y lidera el mercado de m\u00f3viles en China; en Espa\u00f1a se bate el cobre con Samsung por el primer puesto; en el mundo, el mano a mano es contra Apple, ambos a la zaga de Samsung. El ejecutivo asegura que la compa\u00f1\u00eda no hubiera existido de no haber nacido en Shenzhen: \u201c<em>Hace 30 a\u00f1os, cuando China no era tan abierta, se convirti\u00f3 en una ciudad de acogida. Capitalista en lo econ\u00f3mico, no en lo pol\u00edtico. De estilo occidental. Donde se pod\u00eda desarrollar una gesti\u00f3n moderna<\/em>\u201d. \u00c9l, ingeniero de la Universidad de TsingHua, \u201c<em>el MIT chino<\/em>\u201d, se uni\u00f3 a la empresa en 1993, cuando empezaba a desarrollar infraestructuras telef\u00f3nicas. Huawei fue fundada en 1987 por el exmilitar Ren Zhengfei con apenas 5.000 euros. Una empresa privada cuya primera sede se encontraba entre cultivos. Hoy se han trasladado a un campus tecnol\u00f3gico de 200 hect\u00e1reas a las afueras de la ciudad, con universidad propia, apartamentos para trabajadores, jardines zen y furgonetas que desplazan a sus empleados de un edificio a otro con el aire acondicionado a todo trapo. Pero no est\u00e1n contentos. \u201c<em>Podemos hacerlo mejor<\/em>\u201d, dice Yu. Y para mostrar que andan en ello han invitado a su sede a medio centenar de instagramers, youtubers y periodistas occidentales (entre ellos, El Pa\u00eds Semanal). Seg\u00fan el CEO, \u201c<em>nuestro problema no es la innovaci\u00f3n. En eso somos fuertes. El gran reto es que no somos una marca conocida. Nadie la conoce<\/em>\u201d. El marketing, la gran tragedia china. Una lucha contra s\u00ed mismos para pasar de ser sin\u00f3nimo de producto barato al art\u00edculo de alta gama.<\/p>\n<blockquote><p><span style=\"color: #333399;\"><strong><em>\u201cHace 30 a\u00f1os, Shenzhen se convirti\u00f3 en una ciudad de estilo occidental. Capitalista en lo econ\u00f3mico, no en lo pol\u00edtico\u201d, explica el CEO de Huawei<\/em><\/strong><\/span><\/p><\/blockquote>\n<p>Durante dos jornadas de conferencias y powerpoints en el interior de una moderna mole de vidrio que, a vista de p\u00e1jaro, tiene forma de llave, directivos desgranan detalles de su pr\u00f3ximo lanzamiento, el m\u00f3vil Mate 10, cuyo chip Kirin 970, aseguran, emula al cerebro humano: \u201c<em>Unidad de procesamiento neuronal<\/em>\u201d, lo llaman. El tel\u00e9fono, a punto de lanzamiento (sali\u00f3 a la venta en octubre), est\u00e1 custodiado en un malet\u00edn con tres cerraduras (num\u00e9rica, de llave y por bluetooth), se colocan guantes blancos para tocarlo, hacen firmar contratos de confidencialidad antes de echarle un ojo. Y en cada receso proyectan anuncios en los que una voz sensual de mujer susurra sue\u00f1os electr\u00f3nicos.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-26537\" src=\"https:\/\/seryhumano.com\/web\/wp-content\/uploads\/2017\/11\/Yu-Chengdong-e1511788901909.jpg\" alt=\"\" width=\"550\" height=\"309\" \/><\/p>\n<p>Tambi\u00e9n han decidido abrir sus puertas para mostrar una cara transparente, din\u00e1mica, que recuerde a sus competidoras estadounidenses. Recorremos laboratorios donde ingenieros con bata torturan equipos y terminales para medir su resistencia. En las estancias hay carteles que avisan: \u201c<em>Presta atenci\u00f3n a la informaci\u00f3n de seguridad para proteger nuestras patentes<\/em>\u201d. Una visita expr\u00e9s atravesando pasillos interminables y desiertos de m\u00e1rmol. Nunca oficinas con trabajadores. Est\u00e1 prohibido sacar fotos en la mayor\u00eda de salas. Y, al contrario del mundo que uno imagina, pongamos, en Google, se ven mesas de pimp\u00f3n, pero sin red. Piscinas paradisiacas con horarios estrictos. Mesas de billar cubiertas. Al for\u00e1neo no se le permite conversar con empleados de forma espont\u00e1nea. Y el ingeniero autorizado a charlar, bajo la mirada de sus jefes, responde as\u00ed sobre sus aspiraciones personales: \u201c<em>Se parecen al eslogan de la compa\u00f1\u00eda: construir un mundo m\u00e1s conectado<\/em>\u201d. El control es f\u00e9rreo. \u201c<em>Es una empresa militar<\/em>\u201d, ironiza un financiero que conoce el sector, en referencia a los a\u00f1os de juventud de su fundador en el Ej\u00e9rcito Popular.<\/p>\n<p>Si uno quiere hablar sin trabas con un empleado de Huawei, toca irse al \u00adPizza Hut m\u00e1s cercano al campus. En una mesa hay cuatro telecos extranjeros. \u201c<em>Somos la ONU<\/em>\u201d, bromean. Vienen de Brunei, Sri Lanka, Egipto y Costa de Marfil. Especialistas en redes, han venido a formarse en la sede. Suspiran porque desde que aterrizaron no han podido mirar Facebook y WhatsApp funciona solo a rachas: olvidaron instalar en el m\u00f3vil, antes de viajar, una VPN (red privada virtual) con la que los usuarios sortean de forma cotidiana la gran muralla china de Internet y acceden al otro lado de la censura. No hay que olvidar d\u00f3nde estamos. Ni lo cerca que se encontraba esos d\u00edas el XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China: la prensa regional habla de la necesidad de \u201c<em>erradicar rumores pol\u00edticos online<\/em>\u201d. Durante la comida, cuando al fin logran conectar con el otro lado, el egipcio exclama: <em>\u201c\u00a1Soy libre!<\/em>\u201d. El grito suena extra\u00f1o en boca de los creadores del sistema. Pero esta es una ciudad de contradicciones, donde conviven las multinacionales de fast food y las banderas comunistas en cada avenida.<\/p>\n<ol start=\"3\">\n<li><u>Los inventores<\/u><\/li>\n<\/ol>\n<p>Si en Sillicon Valley se sue\u00f1a en los garajes, muchos de los reci\u00e9n llegados a Shenzhen con \u00ednfulas digitales se asientan en apartamentos de Baishizhou, un barrio laber\u00edntico, de estructura medieval y algarab\u00eda callejera, con viejos edificios de poca altura desde cuyas ventanas se puede estrechar la mano al vecino del bloque de al lado. Cuenta con unos 150.000 habitantes, 20 veces la densidad de poblaci\u00f3n del resto de la ciudad. Y en sus recovecos se mezclan jugadores de mahjong, vendedores de lichis y pescado vivo, desplumadores de patos, mara\u00f1as de cables que cuelgan hasta el suelo como yedras y j\u00f3venes hipsters que regresan de hacer deporte a media tarde. La zona ha quedado acordonada por rascacielos. Y ya existe un plan para derribarlo y levantar sobre sus escombros torres de vidrio y acero.<\/p>\n<blockquote><p><span style=\"color: #333399;\"><strong><em>\u201cLos j\u00f3venes vienen con la idea de que pueden crear algo por s\u00ed mismos. Es un aut\u00e9ntico cambio en la mentalidad china\u201d, asegura Eli MacKinnon, de Insta360<\/em><\/strong><\/span><\/p><\/blockquote>\n<p>Shenzhen es la urbe que m\u00e1s r\u00e1pido se ha convertido en una megal\u00f3polis en la historia, seg\u00fan Juan Du, profesora de arquitectura en la Universidad de Hong Kong. En 1979 ni siquiera contaba con el estatus de ciudad. Hoy posee 49 edificios que superan los 200 metros de altura, incluido el segundo m\u00e1s elevado del pa\u00eds, de casi 600 metros; y hay otros 48 en camino. El fervor inmobiliario la ha convertido en la burbuja m\u00e1s cara de China: el metro cuadrado cuesta 5.500 euros de media. Y los chengzhongcun (\u201c<em>aldeas en medio de la ciudad<\/em>\u201d) quedan como testigos enanos de la era en que todo comenz\u00f3. En ellos, los alquileres a\u00fan son aceptables y atraen a gente como Eli MacKinnon, de 28 a\u00f1os, un neoyorquino que trabaja en Insta360, una start-up local que fabrica c\u00e1maras de realidad virtual.<\/p>\n<p>MacKinnon habla chino con destreza, se desenvuelve bien con su porte atl\u00e9tico, pero se ha quedado viejo: el fundador de la empresa, JK Liu, tiene 26 a\u00f1os. Y la edad media entre sus 250 empleados es de 24. Impresiona el ambiente de trabajo en la sede: j\u00f3venes, casi adolescentes, teclean concentrados, sentados en hileras en una estancia con enormes cristaleras a trav\u00e9s de las cuales se ven edificios a medio hacer. Muchos tienen grandes peluches junto al teclado. Se explican: son almohadas. A la hora de comer apagan las luces, colocan el peluche sobre el escritorio y echan la siesta. Luego siguen trabajando.<\/p>\n<p>La compa\u00f1\u00eda naci\u00f3 en 2014 y la historia de su fundador ya ha aparecido en Forbes: JK Liu se mud\u00f3 a Shenzhen con compa\u00f1eros de la Universidad de Nanjing, convencieron a una firma de capital riesgo y acabaron creando c\u00e1maras port\u00e1tiles, asequibles, que se acoplan al m\u00f3vil y captan el mundo en 360 grados. Tras un rato en su sede, entre gafas de realidad virtual y bolas futuristas con visi\u00f3n de pez, da la sensaci\u00f3n de <em>que las im\u00e1genes gobernar\u00e1n el planeta en breve<\/em>. MacKinnon nos gu\u00eda hasta una azotea, en la planta 29, para mostrar las virguer\u00edas que se pueden hacer con los inventos: registrar escenas tipo Matrix, en las que el retratado queda congelado. Selfies en los que uno parece contenido en una esfera. Desde lo alto se escucha el taladro incesante de las obras. Un sonido envolvente, tambi\u00e9n en 360 grados. Si uno cierra los ojos, parece que el suelo temblara bajo los pies. La ciudad en estado febril, gru\u00f1endo como un cr\u00edo en un pico de crecimiento. Quiz\u00e1 sea el sonido del capitalismo, el de los imperios en su apogeo. \u201c<em>Quien llega a Shenzhen viene con la idea de que puede crear algo por s\u00ed mismo<\/em>\u201d, dice MacKinnon. \u201c<em>De que no hay barreras que no pueda saltar. Supone un verdadero cambio en la mentalidad china<\/em>\u201d.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-26538\" src=\"https:\/\/seryhumano.com\/web\/wp-content\/uploads\/2017\/11\/Jason-Gui-e1511789076867.jpg\" alt=\"\" width=\"550\" height=\"309\" \/><\/p>\n<p>Jason Gui representa esa nueva China. Tiene 26 a\u00f1os y lleva unas gafas que de lejos parecen de dise\u00f1o. Las ha impreso con una m\u00e1quina de 3D. Toca con el dedo una patilla y comienzan a emitir la m\u00fasica de su m\u00f3vil, o eso dice \u00e9l, porque no se oye nada: solo vibra una protuberancia en las varillas, y esa vibraci\u00f3n, en contacto con un hueso de su cr\u00e1neo, hace que la oiga dentro de su cabeza. Las ha bautizado a la francesa, Vue, pero \u00e9l naci\u00f3 en Shenzhen. Su familia se mud\u00f3 desde el interior de China. Les fue bien, pillaron a\u00f1os de boom inmobiliario, y \u00e9l ha estudiado en Australia, Nueva Zelanda y EE UU. Pasa la mitad del a\u00f1o en San Francisco, donde se encuentra la rama de marketing y dise\u00f1o de su compa\u00f1\u00eda, y la otra en Shenzhen, donde tiene la pata de I+D en este espacio llamado Hax, una aceleradora de start-ups con capital estadounidense, a cuya sede acuden emprendedores de medio mundo para pulir prototipos en sus talleres repletos de cables.<\/p>\n<p>Entre pantallas, asoman el rostro un par de taiwaneses, flaquitos y ani\u00f1ados, inventores de una m\u00e1quina para jugar al pimp\u00f3n en solitario; o el griego George Kalligeros, ingeniero de 24 a\u00f1os, con experiencia en Tesla y Bentley, creador de un artilugio que convierte \u201c<em>en minutos<\/em>\u201d cualquier bici en una el\u00e9ctrica. Aqu\u00ed no vale lo et\u00e9reo. Esto va de hardware, de productos f\u00edsicos que mejoran hasta encontrar el dise\u00f1o perfecto. Los creadores muestran sus inventos reci\u00e9n salidos del horno, como esta especie de fruto cer\u00faleo, \u201c<em>peque\u00f1o y sexy<\/em>\u201d, dice su autora, la checa Kristina Cahojova, de 28 a\u00f1os, que lleg\u00f3 hace un mes y en 10 d\u00edas tuvo listo su medidor de la fertilidad femenina. Da mucho que pensar el potencial de un aparato semejante conectado al m\u00f3vil, a Internet: \u00bfQu\u00e9 tipo de compras te sugerir\u00e1 Google en d\u00edas f\u00e9rtiles? \u00bfQu\u00e9 m\u00fasica? \u00bfQu\u00e9 restaurantes? De esto, en el fondo, va el negocio. De millones de aparatos conectados, generando informaci\u00f3n sobre patrones de vida. Los expertos lo llaman IoT, el Internet de las cosas, en sus siglas en ingl\u00e9s.<\/p>\n<blockquote><p><span style=\"color: #333399;\"><strong><em>\u201cLa gente aqu\u00ed se rompe el culo a trabajar. \u00bfCrees que Suecia es el mundo real? El mundo ha cambiado y Occidente no lo pilla\u201d, dice el cofundador de BRINC<\/em><\/strong><\/span><\/p><\/blockquote>\n<ol start=\"4\">\n<li><u>Hong Kong<\/u><\/li>\n<\/ol>\n<p>De Iot sabe bastante Bay McLaughlin, estadounidense de 34 a\u00f1os, gorra surfera y mirada mesi\u00e1nica, que trabaj\u00f3 10 a\u00f1os en Silicon Valley, 6 de ellos en Apple, hasta que se dio cuenta de que viv\u00eda en el d\u00eda de la marmota: \u201c<em>Dej\u00f3 de haber innovaci\u00f3n. Se repet\u00edan los mismos pitches, las mismas ideas, modelos, inversores. Entonces surgi\u00f3 una nueva tendencia: el hardware. Y lo vi claro. Si quer\u00eda participar en la siguiente revoluci\u00f3n, necesitaba venir al sur de China. Porque no va a suceder en Silicon Valley. Todo lo que va a tener impacto vendr\u00e1 de Asia. Y China va a ser la locomotora<\/em>\u201d. Pero no se asent\u00f3 en Shenzhen, sino en la ciudad vecina, ya casi la misma, a 30 kil\u00f3metros en l\u00ednea recta, y separada por una frontera que cruzan 80 millones de personas al a\u00f1o: Hong Kong, \u201c<em>el rostro occidental de China<\/em>\u201d, la llama, una de las plazas financieras m\u00e1s poderosas, en cuyas calles se mezclan las razas, los dialectos, las inversiones; la regi\u00f3n administrativa especial, democr\u00e1tica, futurista, donde se conduce por la izquierda, rige una ley basada en el common law y se cumplen 20 a\u00f1os desde que fue devuelta por Reino Unido. Hoy forma parte del plan maestro de Pek\u00edn para el Delta del R\u00edo de la Perla, ese cl\u00faster de ciudades que desembocan en el Mar del Sur, al que tambi\u00e9n pertenece Shenzhen. Juntas suman 66 millones de habitantes, y poco a poco se van uniendo con trenes de alta velocidad, puentes kilom\u00e9tricos y acuerdos de libre comercio, conformando la mayor megaciudad del planeta.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-26539\" src=\"https:\/\/seryhumano.com\/web\/wp-content\/uploads\/2017\/11\/BRINC-e1511789245482.jpg\" alt=\"\" width=\"550\" height=\"320\" \/><\/p>\n<p>McLaughlin es cofundador de una aceleradora de start-ups al estilo de HAX. La suya se llama BRINC y posee la ventaja, dice, de estar a este lado de la censura china, con la propiedad intelectual a buen recaudo, y a un pasito de Shenzhen, el para\u00edso de componentes electr\u00f3nicos al que acuden para armar sus prototipos los reci\u00e9n llegados. Lo cuenta Florian Simmendinger, alem\u00e1n de 28 a\u00f1os, cofundador de Soundbrenner, una compa\u00f1\u00eda que ha desarrollado metr\u00f3nomos digitales con forma de reloj de pulsera. El artilugio vibra y marca el ritmo en la mu\u00f1eca, un ingenio interesante para grupos de m\u00fasica: su tam-tam sincroniza a todos los miembros. La idea arranc\u00f3 en Berl\u00edn; desarrollaron prototipos de forma precaria. El primero, que despliega en una mesa, es grande y feo. Parece un tensi\u00f3metro. Para perfeccionarlo necesitaban mejores motores de vibraci\u00f3n. \u201c<em>En la mayor tienda de electr\u00f3nica de Berl\u00edn encontramos un solo modelo. Empezamos a encargarlos por eBay, pero llegaban a las tres semanas<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>BRINC los seleccion\u00f3 para su programa, lo que implica una inversi\u00f3n y el traslado a Hong Kong, donde reciben cursos, ayuda y un espacio para desarrollar el negocio. Nada m\u00e1s aterrizar, cruzaron a Shenzhen y se adentraron en el epicentro del ecosistema de componentes electr\u00f3nicos, el mercado de Huaqiang\u00adbei. El lugar recuerda un hormiguero, del que entran y salen vendedores y clientes arrastrando carretillas con sacos de chips, placas, interruptores. Tiene el aspecto a medio camino entre unos grandes almacenes y un mercado al por mayor de verduras, pero con plantas dedicadas a audio, leds, telefon\u00eda, inform\u00e1tica. En su interior se oye cada poco el raaaas de la cinta de embalar, porque todo parece venderse en cajas, a granel; y uno podr\u00eda fabricarse una r\u00e9plica casi exacta del iPhone rebuscando entre los puestecillos. El alem\u00e1n qued\u00f3 impresionado: \u201c<em>Una anciana me ofreci\u00f3 en un carrito 300 motores de vibraci\u00f3n distintos. Pens\u00e9: \u2018Hemos venido al sitio correcto<\/em>\u201d. A la semana visitaron al fabricante de los motores, pidieron uno a medida. \u201c<em>Y en dos meses lo convertimos en esto<\/em>\u201d. Deja sobre la mesa esa especie de reloj de pulsera que vibra y acompasa con su tam-tam a bandas alrededor del mundo: han vendido unas 40.000 unidades.<\/p>\n<p><strong>El ritmo<\/strong><\/p>\n<p>De eso tambi\u00e9n le gusta hablar al surfero McLaughlin, cuyo discurso augura un futuro estilo Blade Runner, donde el tiempo, claro, es dinero y la eficiencia es la vida: \u201c<em>Occidente no lo pilla. La gente aqu\u00ed se est\u00e1 rompiendo el culo a trabajar. Bienvenidos a la nueva norma. \u00bfCrees que Suecia es el mundo real? Est\u00e1n jodidos. No es que a los europeos no les guste trabajar. All\u00ed se ha adoctrinado con que el equilibrio es m\u00e1s importante que la productividad. Y est\u00e1 muy bien si el mundo va a ese ritmo. Pero adivina, ha cambiado. Ahora es global. Y Europa ni siquiera sale en la gr\u00e1fica<\/em>\u201d. En ese mundo que vislumbra, cuyo magma se encuentra bajo sus pies, marcado por horarios distintos, cruces de idiomas y el encuentro entre Este y Oeste, el hardware, opina, es la clave. El Internet de las cosas. Y los datos que generan esas cosas. En estos momentos hay cerca de 1.000 millones de objetos conectados a la Red. Los c\u00e1lculos m\u00e1s exagerados hablan de que ser\u00e1n 100.000 millones en 2020. Un \u201c<em>superorganismo<\/em>\u201d, lo denomina un informe de la OCDE, que conformar\u00e1 un \u201c<em>sistema nervioso digital global<\/em>\u201d. Con pulsiones de informaci\u00f3n individual actualizada al segundo. \u201c<em>La mayor revoluci\u00f3n desde Internet<\/em>\u201d, seg\u00fan McLaughlin. En su opini\u00f3n, \u201c<em>el software nos hace blandos. Porque significa que puedes crear Instagram sentado en un s\u00f3tano. Pero tampoco es el puto mundo real. El mundo real es f\u00edsico. Todos hablan de big data e inteligencia artificial. Bien, \u00bfc\u00f3mo recogemos los datos de los objetos f\u00edsicos? Por eso en BRINC empezamos donde empieza el valor. Con el hardware. Necesitamos introducir m\u00e1s wearables, m\u00e1s sensores, m\u00e1s productos de hogar inteligentes. Para extraer los datos, d\u00e1rselos a los expertos en algoritmos y que puedan explotarlos<\/em>\u201d.<\/p>\n<ol start=\"5\">\n<li><strong>El nuevo oro<\/strong><\/li>\n<\/ol>\n<p>\u201c<em>Los datos, hoy, son m\u00e1s valiosos que el oro<\/em>\u201d, sonr\u00ede David Chang, director de MindWorks, una firma de capital de riesgo con sede en Hong Kong y el foco puesto en start-ups de China. \u00c9l tambi\u00e9n migr\u00f3 de Silicon Valley a esta tierra. Su familia era due\u00f1a del banco Kwong on de Hong Kong (lo vendieron a DBS). Su padre fue un inversor destacado en EE UU, disc\u00edpulo de Arthur Rock, a quien se atribuye haber acu\u00f1ado el t\u00e9rmino venture capital y la apuesta por una de las primeras empresas de semiconductores de silicio en California en los cincuenta, aquellas que moldearon el nombre Silicon Valley. Chang, de 34 a\u00f1os, naci\u00f3 en Mountain View. Fue al mismo instituto que Steve Jobs. Regres\u00f3 a casa porque desde aqu\u00ed, asegura, en un radio de tres horas de avi\u00f3n, se tiene acceso a 2.200 millones de personas. \u201c<em>Es un 30% de la humanidad. Les dejo un rato para meditarlo<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>Tras la pausa dram\u00e1tica, a\u00f1ade que el 70% de esa poblaci\u00f3n a\u00fan no tiene Internet. Y que en la pr\u00f3xima d\u00e9cada, 1.300 millones de personas se conectar\u00e1n a la Red. \u201c<em>Una locura, como si toda China se enchufara de pronto<\/em>\u201d. Lo llama \u201c<em>la siguiente gran ola<\/em>\u201d. Y quiere cabalgarla. Maneja un fondo de 70 millones de euros. Ha invertido en distintas start-ups, como LaLa Move, un servicio de car sharing, tipo Uber, pero para mercanc\u00edas. Pasar una tarde con \u00e9l es como abrir una cremallera y asomar el hocico a una dimensi\u00f3n futura en la que el eje del mundo gravita hacia Asia. Habla del guanxi, las relaciones de confianza necesarias para adentrarse en las inversiones chinas (y que \u00e9l se gan\u00f3 curti\u00e9ndose en las ramas locales de Morgan Stanley y Credit Suisse). De la forma en que se ha de lidiar con el Gobierno. De la diferencia entre invertir en software y hardware (prefiere el soft: costes fijos, retorno mayor y en menor tiempo). Y de por qu\u00e9 muchos servicios de Internet no cuestan un duro: \u201c<em>Si te ofrecen algo gratis es que t\u00fa eres el producto. Si usas Facebook o WeChat, eres el producto<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>Luego nos invita al China Club, en el penthouse de la vieja sede del Banco de China. Pide un dedo de whisky y, entre sorbitos, arrebujado en un sill\u00f3n de brocado y rodeado por una decoraci\u00f3n tipo Shan\u00adgh\u00e1i a\u00f1os cuarenta, se define como un \u201c<em>glocal<\/em>\u201d, habla del precio estratosf\u00e9rico del mercado inmobiliario y aventura que, en caso de apocalipsis nuclear estilo Kim Jong-un, solo sobrevivir\u00e1n los bitcoins. Aconseja comprar. Define esta regi\u00f3n como \u201c<em>el centro del comercio mundial<\/em>\u201d. Shenzhen, como una urbe \u201c<em>cruda, el wild wild West<\/em>\u201d. Y el \u00e1tico parece quedar a a\u00f1os luz de las f\u00e1bricas polvorientas de Shenzhen, donde todo comienza y hace girar la rueda. A la salida, un cartel de propaganda comunista, que colecciona el due\u00f1o del local y hoy cuesta una fortuna, recuerda ese origen. En el dibujo aparece un chino con sombrero de paja ante una f\u00e1brica. Y un lema: \u201c<em>Rompamos con las convenciones extranjeras. Tracemos nuestro propio camino hacia el desarrollo industrial<\/em>\u201d.<\/p>\n<p>seryhumano.com \/ Guillermo Abril<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/elpais.com\/elpais\/2017\/11\/20\/eps\/1511180079_572397.html?por=mosaico\">elpais.com<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hace tres d\u00e9cadas era una villa de pescadores. Hoy es el Silicon Valley de China. Una megaciudad en la que han nacido gigantes como Huawei o Tencent. Joven, ultrarr\u00e1pida, competitiva. Y a la que acuden buscavidas de todo el pa\u00eds, y de medio mundo, a prender la mecha de sus sue\u00f1os electr\u00f3nicos. 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