Evangelio según Mateo 17, 22-27
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EVANGELIO DEL DÍA
Del Libro de Ezequiel 1, 2-5. 24-28
El día cinco del mes cuarto (era el año quinto de la deportación del rey Joaquín), me fue dirigida la palabra del Señor a mí, Ezequiel, sacerdote, hijo de Buzí, en el país de los caldeos, a orillas del río Kebar, y fui arrebatado en éxtasis.
Vi venir del norte un viento huracanado, una gran nube rodeada de resplandores y relámpagos, y en su centro, algo parecido al brillo del ámbar. En medio aparecían cuatro seres vivientes, que tenían forma humana. Oí el ruido de sus alas cuando se movían: era como el estruendo de un río caudaloso, como el trueno del Altísimo, como la gritería de una multitud o como el estruendo de un ejército en batalla. Cuando se detenían, plegaban sus alas.
Encima de la plataforma había una especie de zafiro en forma de trono y de esta especie de trono sobresalía una figura, que parecía un hombre. Vi luego una luz, como brillo de ámbar, como un fuego que envolvía al hombre, desde la cintura para arriba; desde la cintura para abajo, vi también algo como fuego, que difundía su resplandor, parecido al del arco iris que se ve en las nubes, cuando llueve.
Tal era la apariencia visible de la gloria del Señor. Cuando yo la vi, caí rostro en tierra.
Teofanía
Solo al final del capítulo (28), el lector encuentra lo que representa la visión que ha tenido el profeta: la aparición de la Gloria de dios.
Para el creyente actual, la convicción más profunda y natural es que “Dios está en todas partes”; a nadie se le ocurre decir lo contrario. Sin embargo, en la época del profeta Ezequiel ningún creyente afirmaría eso que para nosotros es tan obvio.
Pues bien, con Ezequiel empieza a intuirse tímidamente esta gran verdad.
La intuición es tímida, porque en el mundo antiguo cada localidad, reino o nación era el espacio de una divinidad. Babilonia era el espacio exclusivo del gran Marduk, ¿cómo era posible entonces que el Señor después de haber sido derrotado en su propia ciudad, Jerusalén, se hiciera presente en el territorio del dios vencedor?
Para el judaísmo que nace después del 534 a.C. el problema de la aparición de la Gloria del Señor en Babilonia no radica en que se haya aparecido en el otro dios, sino en el hecho de que se haya dado fuera de los límites de Israel, en tierra pagana; he ahí la pequeña dificultad que tuvo este pasaje junto con 3,23 y 10,18s para ser admitido en el canon judío.
El hecho es que, en la llanura, junto al río Quebar, Ezequiel dice haber contemplado la Gloria del Señor.
A través de unas imágenes cargadas de simbolismo, el profeta pretende plantear que Dios supera cualquier límite propio de la creación humana; que su presencia no está limitada a un espacio, por más sagrado que éste sea; que allí donde hay alguien necesitado de su presencia, allí está Él; Jesús lo dirá sin tener que recurrir a ninguna imagen extraordinaria: “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy allí, en medio de ellos” (Mateo 18,20).
Superando, pues, cualquier expectativa, Dios se hace presente en medio de la tragedia de su pueblo.
Es la marginación, el dolor, la muerte el lugar donde Dios se hace presente por una razón muy simple: esos son lugares necesitados de su presencia. Si para Ezequiel y sus compañeros de destierro contemporáneos esto parece difícil de asimilar, a nosotros nos resulta hoy lo más normal; con todo, ahí está el desafío del evangelizador actual: hacer que en esos espacios los sujetos que sufren la marginalidad, la exclusión y el empobrecimiento, vean a Dios, al Dios que no soporta esa situación y que busca erradicarlas con el concurso y compromiso propios del creyente.
EVANGELIO DEL DÍA
Evangelio según Mateo 17, 22-27
En aquel tiempo, se hallaba Jesús con sus discípulos en Galilea y les dijo: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo van a matar, pero al tercer día va a resucitar«. Al oír esto, los discípulos se llenaron de tristeza.
Cuando llegaron a Cafarnaúm, se acercaron a Pedro los recaudadores del impuesto para el templo y le dijeron: «¿Acaso tu maestro no paga el impuesto?» Él les respondió: «Sí lo paga«.
Al entrar Pedro en la casa, Jesús se adelantó a preguntarle: «¿Qué te parece, Simón? ¿A quiénes les cobran impuestos los reyes de la tierra, a los hijos o a los extraños?» Pedro le respondió: «A los extraños«. Entonces Jesús le dijo: «Por lo tanto, los hijos están exentos. Pero para no darles motivo de escándalo, ve al lago y echa el anzuelo, saca el primer pez que pique, ábrele la boca y encontrarás una moneda. Tómala y paga por mí y por ti«.
Sobre los impuestos del Templo
La cuestión del impuesto surgió por la costumbre que se había generalizado entre los judíos – incluso entre los que vivían dispersos por el mundo romano – de pagar un impuesto anual al Templo.
La cantidad era, más bien, pequeña: una didracma o dos dracmas, moneda griega que equivalía al jornal de dos días de un obrero. Pero la obligación de este impuesto no podía urgirse desde la Ley. Según el punto de vista de los saduceos, solo podían exigirse los impuestos señalados expresamente por la Ley (Éx 30, 11-13), y el referido al Templo no figuraba en ella.
La analogía tiene, sin embargo, otro nivel más profundo. El relato muestra claramente que Jesús no estaba obligado a pagar ese impuesto. Esta obligación correspondía a los súbditos, no a los hijos del rey; de ahí la analogía que usa Jesús.
La ilustración utilizada en los versículos 25s se basa en la identidad de Jesús como Hijo de Dios. El Señor del Templo era Dios, Jesús es su Hijo. Los que creen en Jesús participan de esta filiación. Su libertad -la de Jesús y la de sus discípulos- nace de su calidad de hijos.
Pero, junto a esta libertad, Jesús quiere expresar también una actitud de respeto frente a la posible obligación legal y frente al Templo, en cuanto que es la casa de Dios.
Jesús paga los impuestos para no escandalizar ni entrar en conflicto con las autoridades legales. Después de la destrucción del Templo en el año 70 d.C., los impuestos cobrados a los judíos se asignaban para el mantenimiento del templo pagano de Júpiter Capitolino en Roma; este recuento pudo ayudar a los miembros judíos de la comunidad de Mateo.
Aunque no estaban obligados a pagar impuesto, convenía hacerlo para evitar escándalos.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
“¡Cuidado con vosotros mismos!”; es decir, cuidado con no escandalizar. De hecho, explicó el Papa, “el escándalo es feo porque hiere la vulnerabilidad del pueblo de Dios, hiere la debilidad del pueblo de Dios, y muchas veces estas heridas se llevan a lo largo de la vida”. Más: el escándalo, explicó el Papa, «no solo hiere» sino que «es capaz de matar: matar esperanzas, matar ilusiones, matar familias, matar muchos corazones«. […]
«Jesús es muy preciso en esto», explicó Francisco. Y «a nosotros, a todos» nos da «esta advertencia: ‘¡Tengan cuidado!‘». Porque “ahí está el escándalo del pueblo de Dios, de los cristianos, cuando un cristiano, llamándose cristiano, vive como pagano”. […]
Precisamente «lo que Jesús decía al pueblo acerca de los doctores de la ley: “Haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen”». Aquí está «la incoherencia«.
(Homilía Santa Marta, 13 noviembre 2017)
Fuentes: VaticanNews y “La Biblia de Nuestro Pueblo” de Luis Alfonso Schökel
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