La última novela de E.M. Forster adopta una cierta seriedad que no es tan evidente en sus obras anteriores. Aunque los británicos en la India que presenta en el libro no dejan de ser rígidas caricaturas llenas de prejuicios, Forster no hace de ellos una continuada parodia como la que encontramos en regreso a Howard´s End y en Una habitación con vistas.
En el centro de la novela, una indagación en clave liberal de las relaciones anglo-indias, se abre el enorme y resonante vacío de las cuevas de Marabar, que Forster sitúa como un símbolo de la ambigüedad y la incertidumbre. Los visitantes de las cuevas nunca están muy seguros de qué es lo que han presenciado, si es que había algo que presenciar.
Adele Quested, una británica que acaba de llegar a la India, visita las cuevas en compañía de un médico indio, el Dr. Aziz, y lo que allí ocurre entre ambos no llega a aclararse nunca. Aunque los británicos dan por supuesto que Aziz abusó de ella, la propia Adele no llega a confirmarlo nunca. De hecho, en un gesto espectacular, retira su denuncia ante el tribunal y se gana así el desprecio de todos sus compatriotas. Pero ni siquiera esta retractación logra aclarar el incidente, que se erige así como un ejemplo de esa indefinición característica de la estética modernista de Forster.
Mientras que el juicio por violación constituye el punto central del argumento, la amistad de Aziz con la señora Moore y con Cyril Fielding, dos británicos de talante compasivo y humanitario, simboliza las posibilidades de entendimiento entre naciones más allá de las fronteras (una idea esencial en la obra de Forster).
En 1924, año en que se publicó la primera edición, su título original fue A Passage to India.
seryhumano.com / Liam Connell