Siempre me ha sorprendido que los primeros en conocer, sin ayuda de ángeles, cuándo y dónde había nacido el Mesías no fueran unos judíos, ni tan siquiera alguien que conociera las Sagradas Escrituras. Toda una nación, expectante por siglos, orgullosa de su Dios, de las promesas recibidas, con costumbres y tradiciones de origen divino, que oraba por la llegada del Mesías y disponía de abundantes profecías escritas desde hacía siglos, fue incapaz de reconocer el momento clave que ansiaban durante siglos y generaciones.
Por el contrario, otros personajes muy lejos de allí, a centenares de kilómetros, que pertenecían a otra cultura, aparentemente sin conocimiento de aquella gran promesa de un Redentor, fueron los que realmente la identificaron, interpretaron correctamente y sacaron provecho para sus vidas de tan importante momento de la historia.
Para ello, los Reyes Magos habían alcanzado una sabiduría, derivada de las estrellas y no de la Biblia, que no sólo les llevó al lugar preciso del nacimiento de Jesucristo, en el momento exacto, sino que además les informó de muchas cosas importantes sobre aquel Niño, único en la historia. Así por ejemplo conocían que además de ser hombre era a la vez Dios, porque le adoraron y le ofrecieron incienso. Para valorar la importancia de lo que entonces suponía entender esta verdad, basta recordar que más de treinta años después, Jesús le decía a Pedro al confesar este mismo conocimiento: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos .
Pero aquellos Reyes de Oriente además sabían mucho de la misión que aquel Niño Dios traía a la Tierra pues conocían que tenía que pasar por la muerte, a pesar de ser Dios, y por ello le regalaron mirra, con la que embalsamar su cuerpo al tiempo de la sepultura. De nuevo, para valorar lo que suponía admitir esta realidad hay que recordar que los apóstoles no la quisieron asimilar a pesar de que Jesús se la predijo hasta tres veces.
Todavía más sorprendente es que supieran que aquel Niño era Rey, entonces de los judíos, independientemente de la pobre apariencia y humilde condición con que lo veían en el pesebre, y que en el futuro también lo sería de ellos mismos. Por ello ya le entregaron el oro de su contribución, pues para cuando llegara el momento de su futura manifestación como Soberano de toda la tierra, ellos podían ya no estar en el mundo. En otras palabras, sabían de una venida posterior como Rey, tras la muerte a la que estaba ligada la mirra, algo que los apóstoles solo conocieron después de la Ascensión.
Por si todo lo anterior no resultara suficientemente insólito, es aún más impresionante comprobar que lo que sabían no era un conocimiento muerto sino que les movía a una espera vigilante realizando observaciones astronómicas regulares, expectantes por cumplir algún día el deseo ardiente de su corazón de poder conocer y adorar a aquel Niño.
Por ello, cuando finalmente la señal surgió en el cielo y por sus cálculos comprendieron que el momento ansiado había llegado, no tardaron en ponerse en marcha para hacer un largo e incómodo viaje. En realidad no sabría decir si son más admirables por sus conocimientos o por cómo fructificaron en sus corazones como tierra fecunda que amaba los planes redentores de Dios que conocían a través de los astros. Y Dios bendijo aquella sabiduría hecha amor haciendo que le encontraran, aceptando sus dones aparentemente excesivos y librándolos de las insidias que el poderoso Herodes tenía planeadas para ellos.
Este análisis del breve texto sagrado, en que aparecen fugazmente los tres hombres sabios de Oriente, conduce inevitablemente a una doble pregunta: ¿Cuál era aquella sabiduría no bíblica, sino escrita en los astros, que les llevó tan certeramente a encontrar a Dios y a saber tanto de Él? Y si finalmente conseguimos la respuesta a esta primera pregunta, surge una segunda: ¿Se contendrá en esa arcana sabiduría información sobre la próxima venida de Jesucristo, como existió sobre su primera venida al mundo?
Antes de responder a estas preguntas es necesario poner de manifiesto que el conocimiento de las estrellas que tiene el hombre moderno es muy diferente al que tenía cualquier mortal hace tan solo unos cientos de años. Los catálogos de estrellas antiguas no identificaban más que unas tres mil, las que se podían ver a simple vista. Hoy, gracias a los telescopios y los satélites, los astrónomos conocen millones de estrellas y distinguen desde galaxias hasta pequeños asteroides.
Pero este engrosamiento del inventario no sólo no ha añadido nada a la sabiduría que contenían las pocas estrellas que veían los Magos, sino que ha relegado aquellos conocimientos a algo propio de museos, inservible para la ciencia moderna.
Asimismo, el hombre medio del siglo XXI es un gran ignorante acerca de las estrellas, en comparación con lo que sobre ellas sabían los de siglos anteriores. La luz artificial de las ciudades, en las que vive más del 80% de la población mundial, ha apagado la luz natural de las estrellas y ya no es posible realizar observaciones desde ellas a simple vista. Sin embargo, aún queda un resquicio con el que suplir con creces esta carencia.
En nuestros omnipresentes ordenadores, tabletas y smartphones, podemos instalar programas gratuitos que muestran el firmamento estrellado en cualquier lugar y tiempo que deseemos. Por ello, si conocemos los principios de la sabiduría que guió a los Reyes Magos, cualquiera puede observar lo que ellos vieron, reflexionar y vigilar el futuro como ellos lo hicieron.
Para indagar acerca de cuáles son estos principios de arcana sabiduría celestial, la Sagrada Escritura señala que las estrellas fueron creadas por Dios para alumbrar sobre la tierra, y para medir los tiempos, los días y los años. La precisión del gigantesco reloj astronómico se utiliza no solo para saber el cuándo sino el dónde y así lo ha hecho el hombre durante milenios con el astrolabio o los GPS. Por ello, es lógico que a través de las estrellas los Reyes Magos fueran alumbrados sobre cuándo y dónde nació el Salvador.
Por otro lado la Sagrada Escritura dice que los cielos fueron dispuestos con inteligencia, de forma que proclaman la gloria de Dios. Un pregón que se transmite de noche en noche, sin palabras, sin que resuene una voz, pero que alcanza a toda la Tierra. Para anunciarlo, Dios asignó a cada estrella su propio resplandor y un nombre, las agrupó en forma de signos, que lógicamente tienen significado, y les asignó un orden por el cual aparecen en la esfera celeste, que los interrelaciona en el espacio y el tiempo.
En resumen, la sabiduría divina de las estrellas está en su nombre, en las figuras del zodíaco y en su orden interno de luminosidad y externo de disposición en la bóveda celeste o momento de aparición. Todos estos elementos casi no han cambiado en los seis mil años de historia del hombre sobre la Tierra. Las variaciones de posición absoluta de una estrella son imperceptibles y las del pivote sobre el que se mueve todo el conjunto estelar es muy leve, tan solo un signo zodiacal o 30º sexagesimales cada dos mil años.
Asimismo el número y figura de las 48 constelaciones antiguas, a pesar de parecer una agrupación arbitraria, se ha mantenido significativamente constante a través de las culturas de los distintos siglos. Asimismo el sentido de los nombres de las estrellas ha permanecido invariable en casi todas a pesar de ser traducidos a distintas lenguas. Todo ello indica que la descripción de la esfera celeste procede de muy antiguo, mucho antes de que se comenzaran a escribir los libros de la Sagrada Escritura y bastante antes del diluvio universal que aconteció hace 4.800 años. Los estudios sobre el movimiento de precesión de la esfera celeste precisan un origen de las constelaciones anterior a 5200 años.
seryhumano.com / *Antonio Yagüe
*Dr. en Ciencias Geológicas
Fuente: religionenlibertad.com
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