Este joven, de 25 años, había sido criado por padres de distintos países, algo bastante común en el barrio. Pero allí terminaba toda semejanza con sus vecinos y amigos: mientras que su padre era estadounidense, su madre provenía de una tribu de un rincón remoto de la selva amazónica.
Hacía dos décadas que David no la veía y, en 2011, sintió que tenía que ir a buscarla.
Por eso llevaba tres días navegando por el Orinoco en un bote a motor. Sintiéndose mal por el movimiento, por las picaduras constantes de los jejenes, por el aire húmedo y la sed constante. Tenía un nudo en el estómago y acumulaba noches sin dormir.
Jacinto, un indígena de la zona, se encargó de llevarlo río arriba, maniobrando la lancha por rápidos, cada vez más adentro de la selva.
Cuando escucharon gritos desde la orilla, le dijo: las voces no podía ser sino de los yanomamis, porque «ningún blanco vive tan río arriba».
Un nabuh distinto
«Comenzaron a gritar ‘motor, motor’… todo un acontecimiento. No escuchan el ruido de motores muy seguido», cuenta Good.
Los estaban esperando: desde más abajo se había corrido la voz de que un pequeño bote estaba en camino. Hombres, mujeres y niños habían llegado hasta la orilla desde la aldea cercana, Hasupuweteri.
«Se aglomeraron a mi alrededor. Tenía tantas manos encima, tocándome las orejas, la nariz, acariciándome el pelo…»
Con 1,6 metros de altura, David estaba acostumbrado a ser siempre el más bajo de su grupo. Se puso nervioso cuando se vio rodeado de personas a las que les sacaba una cabeza: los yanomamis son uno de los grupos étnicos de menor estatura promedio en el mundo.
No era la primera vez que los habitantes de Hasupuweteri se veían cara a cara con un nabuh, como llaman al hombre blanco. Antes habían llegado antropólogos, médicos y misioneros.
Pero David era diferente. No venía a investigarlos, curarlos o convertirlos.
Ellos sabían que venía a buscar a su madre.
Los yanomamis viven en unas 200 a 250 aldeas en una zona de menos de 100.000 kilómetros cuadrados en la frontera entre Brasil y Venezuela.
Es la región donde el explorador británico Sir Walter Raleigh creyó que hallaría las riquezas incalculables de El Dorado, para lo cual realizó dos expediciones por el Orinoco, en 1595 y 1616.
Pero, a comienzos del siglo XX, el interés de los que llegaban a la zona giraba en torno a los yanomamis que vivían en mayor aislamiento, casi sin contacto con el mundo occidental: los visitantes eran científicos, periodistas, artistas.
En 1968, el antropólogo estadounidense Napoleón Chagnon publicó un texto que se convertiría en un best seller de la disciplina: «Yanomamo: el pueblo feroz». En él, pintaba a estos aborígenes como una comunidad donde las disputas constantes y las violaciones grupales eran moneda corriente.
Kenneth Good, el padre de David, era discípulo de Chagnon. Como uno de sus alumnos de posgrado viajó por primera vez al Amazonas en 1975 y se instaló en una pequeña choza a corta distancia de Hasupuweteri.
El plan era quedarse 15 meses haciendo un trabajo de campo que consistía en medir el consumo proteico de los miembros de la aldea, unos datos con los que su tutor académico pensaba explicar las causas del estado de guerra constante en que vivían los distintos grupos de la etnia.
Good se ocupó de pesar meticulosamente cada armadillo o mono cazado por la tribu para comer, lo que causaba risa entre los locales. Hacia el final de su estadía, el científico se sentía cómodo hablando la lengua yanomami de la comunidad, a la vez que estaba cada vez más insatisfecho con la premisa de la investigación que debía completar.
«Medir los animales para calcular el consumo proteico era insuficiente. La recolección y consumo de comida deben ser estudiados en su contexto», escribió el antropólogo.
Científico rebelde
Good comenzó así a cuestionar la imagen de los yanomamis construida por Chagnon en su libro.
Decidió acercarse a su cultura: se instaló en el shapono, la vivienda colectiva típica de la comunidad, observó tantos rituales como pudo, los acompañó en caminatas y excursiones de caza. Los habitantes de Hasupuweteri lo llamaban shori, cuñado o hermano de ley.
«Mi padre pensaba que los yanomamis no eran tan feroces como los habían pintado. Y creo que algo de razón tenía, porque terminó viviendo allí 12 años y es difícil imaginar que alguien pueda quedarse tanto tiempo viviendo entre guerreros agresivos», señala David.
Un día, en 1978, el jefe de Hasupuweteri le hizo a Good una propuesta.
«Shori, me dijo, vienes aquí todo el tiempo, casi vives con nosotros… Estuve pensando que deberías tener una esposa. No es bueno que vivas solo», escribió Kenneth Good en sus memorias, publicadas en 1991 con el título «Into the Heart: An Amazonian Love Story«.
Al principio se rehusó. Pero luego comenzó a pensar que tal vez debía considerar la oferta, que era ciertamente una manera de adaptarse a las costumbres del lugar donde vivía. Lo pensó como la señal más acabada de que se había integrado con Hasupuweteri.
El jefe tribal le dijo: «Toma a Yarima. Te va a gustar».
Yarima era la hermana del jefe y ciertamente le parecía bonita. Pero era una niña de no más de 12 años. Good tenía 36.
Sin consumar
No hubo ceremonia de boda. Tampoco consumación matrimonial: para los yanomamis el casamiento no era más que un compromiso que servía para reforzar lazos entre familias y prevenir conflictos.
Yarima permaneció junto a su madre en el shapono, a veces le llevaba comida a Good y pasaban tiempo juntos.
Pero con cada visita el vínculo entre ambos fue volviéndose más real. Los vecinos empezaron a considerarlos una pareja.
Como los yanomamis no saben su edad y carecen de un sistema de numeración (en su lengua solo hay palabras para «uno», «dos» y «muchos»), Good no supo cuántos años tenía Yarima cuando tuvieron sexo por primera vez. En sus memorias, escribió que sería «alrededor de 15».
Ya había tenido su primera menstruación y, para la cultura yanomami, estaba en edad de establecerse con un marido y criar hijos.
A diferencia de lo que ocurre con médicos y psicólogos, no existe un código de conducta que regule si los antropólogos pueden tener relaciones sexuales con los sujetos a los que estudian (y el asunto genera un acalorado debate en el seno de esta disciplina).
En el caso de Kenneth Good, no se trataba solo de su investigación: el antropólogo y Yarima desarrollaron un vínculo sentimental. Ella lo llamaba afectuosamente «Frente Grande»; él le decía «Bushika» («mi pequeña»).
«Siempre le digo a la gente: mi papá se casó con mi mamá, pero mi mamá se casó con mi papá también. Fue un mutuo acuerdo, no fue que él se la robó. Fue un matrimonio basado en el amor, el romance y la amistad», dice el hijo mayor.
Miedo en la ciudad
Entre otras cosas, Kenneth Good no podía cazar como los yanomamis.
El padre de David se integró con la tribu amazónica, pero le fue imposible permanecer allí para siempre. No podía cazar, necesitaba comida que no podía conseguir por sí mismo, medicamentos y permisos de las autoridades para quedarse en la región.
Para continuar con su investigación, tenía que viajar temporariamente a hacer contactos académicos y conseguir financiamiento. Pero las becas eran difíciles y, lo que le resultaba más perturbador, cada vez que él partía Yarima quedaba expuesta a riesgos en una sociedad con fuerte dominancia masculina.
En uno de sus viajes río abajo, que le tomó meses, la mujer fue víctima de un secuestro, una violación grupal y un asalto en el que perdió una oreja.
Eso anticipó el contacto de Yarima con el «mundo moderno»: Kenneth Good la llevó a Puerto Ayacucho para que le curaran la herida de la oreja.
El trayecto en avión, aunque corto, le resultó aterrador. Pero lo que más le sorprendió fue el pueblo mismo: siempre se había imaginado que las aldeas nabuh eran iguales a la suya, solo que pobladas por blancos. No tenía idea de que la selva tenía un límite, ni de que se podía vivir fuera de ella.
«Cada pequeño detalle era una novedad. Cuando encendían las luces de un auto pensaba que eran los ojos de un animal… corría a esconderse detrás de un árbol», relata David Good.
La otra sorpresa se la encontró en el cuarto del hotel donde se alojaron: un espejo. Yarima nunca había visto su propia imagen.
«Se asustó tremendamente. Se escondió detrás de la cama y mi papá tuvo que cubrir (el espejo) con mantas», recuerda el hijo.
A algunas cosas se adaptó con rapidez: asimiló la idea de usar ropa como mera decoración y le encontró el gusto a ir de compras. Una vez superado el miedo inicial, le encantaba viajar en auto, moto y avión. Una tecnología como el ascensor, según recuerda su marido, era para ella una evidencia de la «magia de los blancos».
Pero otras cuestiones resultaron difíciles.
En el Amazonas, conseguir el alimento lleva tiempo y esfuerzo. Así que la experiencia del supermercado, donde hay montones de comida lista a la espera de un comprador, o la del restaurante, con sus múltiples ofertas, le resultaban incomprensibles.
Viaje al cemento
El final de la etapa amazónica de la aborigen y el antropólogo llegó en 1986, ocho años después de su acuerdo matrimonial y cuatro desde la consumación del vínculo.
Kenneth no conseguía fondos para extender su estadía y veía crecer el rojo en su cuenta bancaria. Así, el 17 de octubre de 1986 tomaron un avión rumbo a Nueva York.
Una semana más tarde, tras pasar por un juzgado en Delaware, estaban legalmente casados. Nueve días después nació David, el hijo mayor, en un hospital de Filadelfia.
Su hermana Vanessa nació, poco más de un año después, sobre una hoja de banano en Hasupuweteri, mientras la familia estaba de visitaba en la selva. A los tres años vino el tercer hijo, Daniel.
«Me acuerdo de estar con ella, teníamos nuestras pequeñas rutinas como la de hacer una parada en (la tienda) Dunkin’ Donuts para comprar café y rosquillas. Me acuerdo que jugábamos a la lucha libre y le encantaban las montañas rusas», cuenta David.
«No la recuerdo triste o preocupada, para nada», agrega.
Pero la vida en Nueva Jersey no le funcionó bien a Yarima. Le faltaba el contacto con otras personas, que en tierra yanomami se daba al atardecer en el shapono comunitario.
Sentía que vivía en una caja oscura. Nadie, a excepción de su marido Kenneth, hablaba su lengua. No tenía medios para comunicarse con los suyos en la selva. Y aunque en Hasupuweteri los hombres dejaban solas a sus mujeres cuando iban de caza, nadie se iba a trabajar todo el día, todos los días.
Yarima pasaba el día encerrada en casa o deambulando por centros comerciales. Su marido le había dado unos videos y audios grabados en la aldea, que ella escuchaba una y otra vez.
Kenneth escribió sus memorias, un libro que se vendió bien y fue traducido a nueve idiomas. Yarima y él se volvieron así pequeñas celebridades, tuvieron tres artículos en la revista People y reportajes en periódicos con títulos como «La ‘americanización’ de una mujer de la Edad de Piedra» o «Dos mundos, un amor».
En 1992, participaron en un documental de National Geographic que los siguió en su primera visita en casi cuatro años al Amazonas: en él se muestran momentos felices de Yarima, como el rencuentro con su hermana, pero se refleja también su desaliento.
«Me dicen que me he convertido en nabuh«, se le escucha decir durante el programa.
«Vivo en un lugar donde no recojo madera y nadie sale a cazar. Las mujeres no me llaman para ir de pesca. A veces me aburro en la casa y termino enojándome con mi esposo. Voy a las tiendas y miro ropa y cosas para comprar. La gente está sola y separada, debe ser que no quieren a sus madres», acota la yanomami ante cámara.
Sin regreso
Unos meses después de aquella grabación, durante la siguiente visita a Hasupuweteri, Yarima tomó la decisión de retornar a su tierra.
«Mi hermana, mi padre y yo estábamos en Estados Unidos y mi madre y mi hermano en el Amazonas. Recuerdo a mi padre decir ‘voy a buscarlos y regresamos todos'», relata David.
Kenneth trajo a Daniel, pero Yarima nunca volvió a Nueva Jersey. El hijo mayor revela que los días de espera se convirtieron en meses, hasta que lentamente entendió que no volvería a ver a su madre.
Yarima le pidió a su marido que enviara a Vanessa para que creciera en Hasupuweteri, pero él se opuso. Con los tres niños se mudó luego a Pensilvania.
«Me acuerdo de ir a esas reuniones anuales de antropología y escuchar a la gente diciendo con sorpresa ‘ah, mira, esos son los hijos de Yarima’. Éramos una suerte de experimento», dice David.
Una vez, uno de los antropólogos le preguntó qué quería para Navidad y él pidió una consola Nintendo.
«Me dijo que cómo un Nintendo. ‘Eres un niño estadounidense cualquiera, yo pensé que serías diferente’. Eso me quedó grabado por el resto de mi vida y ayudó a alimentar el odio por mis orígenes. No quería saber nada de eso», revela el joven Good.
Trató de convertirse en un estadounidense como los demás: jugó al béisbol, consiguió empleo repartiendo periódicos mientras estaba en la escuela, sacó buenas notas en la secundaria y se ganó una mención de honor.
Pero no pasó un día sin recordar con odio a la madre que los había abandonado. Decidió, y se lo dijo a su padre, que si alguien preguntaba por sus rasgos físicos diría que era de origen hispano, nunca yanomami. (Continua)
seryhumano.com / William Kremer
Fuente: bbc.co.uk