Según algunos estudios afirman que más del 90% de nuestros pensamientos son “inconscientes”, es decir hacemos las cosas sin pensar, de manera automática.
Desde levantarnos por la mañana, bañarnos, tomar el desayuno, manejar hasta nuestra oficina e incluso tareas mismas de nuestro propio trabajo son realizadas de manera automática, sin ser realmente conscientes de lo que estamos haciendo.
Esta facilidad para hacer cosas de manera automática o semiautomática es una de las bases para la consecución de la denominada competencia inconsciente.
Podemos distinguir cuatro etapas en la adquisición de dicha competencia.
1.- La incompetencia inconsciente. Es el estado en el que el individuo no es consciente de sus propias limitaciones en multitud de campos. Podemos decir que en esta etapa el individuo ni si quiera sabe que no sabe, ignora su propia ignorancia. Hasta no ser consciente de ello no es posible el aprendizaje.
2.- La incompetencia consciente. Es aquella en la que el individuo sabe que no sabe. Todos sabemos y somos consientes de que existen extensos campos de conocimiento, y no sólo en campos ajenos a nuestro mundo (como por ejemplo la astrofísica o la robótica) sino incluso relacionados con nuestro propio trabajo o con nuestras aficiones en las que tenemos enormes carencias.
3.- La competencia consciente. Mediante el aprendizaje y la dedicación podemos alcanzar un determinado nivel de competencia en la realización de cualquier actividad o trabajo. Unos se nos darán mejor que otros, pero podemos estar seguros de que con empeño y dedicación, todos podemos hacer casi cualquier cosa que nos propongamos.
4.- La competencia inconsciente. Todos podemos recordar actividades que en un principio se nos hizo duro aprender y que sin embargo ahora hacemos casi de manera inconsciente. Los ejemplos pueden ser diversos: amarrarse los zapatos, montar en bicicleta, conducir un vehículo, freír un huevo, nadar, etc.
La gran mayoría de estas actividades nos parecen sencillas porque las dominamos y nos somos conscientes de la complejidad que conllevan. Estas mismas actividades que hemos mencionado serían valoradas por alguien que no sepa hacerlas. Por ejemplo una persona que no sabe andar en bicicleta nunca podrá comprender como es posible que sea algo sencillo e inconsciente para otra que sí sabe hacerlo y ésta, a su vez, no será capaz de explicar cómo lo hace.
Por medio del aprendizaje y de la repetición es como alcanzamos este tipo de competencia a la que luego no damos importancia. Esta capacidad del ser humano de realizar actividades complejas de manera inconsciente tiene multitud de aplicaciones prácticas. Por un lado, ser capaz de hacer cosas sin que nuestro cerebro sea plenamente consciente de ellas nos puede permitir realizar varias tareas a la vez.
Podemos conducir el vehículo hacia el supermercado mientras pensamos en las cosas que tenemos que comprar, o fregar los platos mientras elaboramos mentalmente nuestro próximo artículo. Además si dominamos los mecanismos de nuestro trabajo podemos realizarlo y al mismo tiempo tener la mente liberada para pensar en otros aspectos relacionados con el mismo, una visión más completa del mismo.
Una mente “libre” siempre podrá estar más abierta a la creatividad y a la intuición además de tener una visión más completa de las cosas.
Por otra parte, la propia estructura mental del ser humano hace que este sea más competente en determinadas actividades incluso no estando excesivamente pendiente de lo que está haciendo. Por ejemplo, una secretaria jamás conseguirá alcanzar la rapidez necesaria para su trabajo si persiste en ser consciente de cada uno de los movimientos de sus dedos en el teclado.
Es interesante pararse por un momento a pensar en la cantidad de actividades que realizamos cada día de manera inconsciente, de la excelencia alcanzada en cada una de ellas y de qué manera facilitan nuestra vida.
seryhumano.com / Andrés Manuel Landaeta